La Máscara

La Persona (en latín, “máscara” del actor) representa el arquetipo de la máscara dentro de la conceptualización de la psicología analítica de Carl Gustav Jung.

Constituye aquella parte de nuestra personalidad que lidia con la realidad externa. Basta observar como un individuo modifica su personalidad ante distintas circunstancias, al pasar de un ambiente a otro. En cada ocasión aparece un carácter bien definido y distintos momentos exigen dos actitudes totalmente distintas. Una persona no dispone de un carácter real, no es individual sino colectivo, correspondiendo a las circunstancias generales.

Para Jung, mediante su identificación (más o menos completa) con la actitud adoptada en cada caso, engaña cuando menos a los demás y a menudo se engaña también así mismo. En lo que respecta a su carácter real; se pone una máscara, de la que sabe que corresponde, de un lado, a sus intenciones y, de otro, a las exigencias y opiniones de su ambiente; y en ello unas veces prepondera un elemento y otras el otro. Jung consideraba que la mascara era parte necesaria, no patológica, del desarrollo individual, especialmente respecto de la capacidad de asumir un papel social. Ante diferentes situaciones adoptamos a diversas personalidades, por ejemplo, no actuamos igual si estamos con nuestros amigos, en momentos de diversión, en nuestro trabajo o en una situación de tragedia. Somos el mismo individuo, pero nuestra actitud, nuestro carácter se adapta al entorno social. Un terapeuta no se comporta igual delante de sus pacientes que con sus hijos, por ejemplo.

La máscara surge, como vemos, por razones de adaptación; lo que sería una actitud externa. Pero debemos destacar que también existe una actitud interna, que Jung denominaría, el alma, ánima, en el hombre, ánimus en la mujer, que complementa al carácter externo y suele contener todas aquellas cualidades humanas que faltan en la actitud consciente.

La patología deviene ante una identificación rígida del arquetipo. Una sobre identificación con la máscara provoca que el individuo se preocuparse excesivamente en adaptarse al mundo social convenciéndose de que la imagen construida constituye la totalidad de la personalidad.

En su mejor presentación, constituye la “buena impresión” que todos queremos brindar al satisfacer los roles que la sociedad nos exige. Pero, en su peor cara, puede confundirse incluso por nosotros mismos, de nuestra propia naturaleza. Algunas veces llegamos a creer que realmente somos lo que pretendemos ser.

 

SUSANA OSMA

Directora & ArteTerapeuta PotenciArte

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